¿Chile en manos de un Estadista o de un doctrinario?

Nuestro país  asiste hoy a un fenómeno de rigidez que muchos confunden con autoridad. Tras un poco más de un mes y medio  de gestión bajo el gobierno de José Antonio Kast, la pregunta ya no es si su programa económico tendrá éxito, sino si el país está en manos de un arquitecto de la nación o de un doctrinario que confunde sus prejuicios con leyes naturales. Al someter su figura al rigor de la historia del pensamiento, la conclusión es demoledora: el actual inquilino de La Moneda gobierna desde una oquedad intelectual que desprecia los pilares mismos de la civilización política occidental.

La historia política de José Antonio Kast no es la de una evolución intelectual, sino la de una persistencia doctrinaria. Nacido en una familia de inmigrantes alemanes con un pasado marcado por la Segunda Guerra Mundial, su crianza en Buin estuvo inmersa en un ambiente de conservadurismo católico profundo y una visión del mundo donde el orden, la propiedad y la autoridad eran valores sagrados, preexistentes a cualquier debate social. Esta formación inicial no fue una base sobre la cual construir dudas filosóficas, sino un búnker desde el cual defender verdades reveladas.

Su paso por la Facultad de Derecho de la Universidad Católica en los años 80 no expandió sus horizontes, sino que los cimentó. Allí, Kast no se formó en la dialéctica o el debate de las ideas de la Ilustración, sino en la aplicación práctica del gremialismo diseñado por Jaime Guzmán. Pero a diferencia de Guzmán, que era un ideólogo y estratega capaz de leer la complejidad para combatirla, Kast absorbió el gremialismo como un manual de instrucciones: el mercado como único asignador de recursos y la familia tradicional como única base de la sociedad. Fue una formación de trinchera, diseñada para resistir el avance de la izquierda y del «estatismo», desprovista de la curiosidad intelectual que define al verdadero político de Estado.

Su carrera posterior —concejal, diputado por largos años— fue una extensión de esta rigidez. Kast nunca fue un legislador de grandes consensos ni un articulador de reformas complejas. Fue, consistentemente, el voto de minoría, el guardián de la «pureza» de una derecha que él consideraba que se había vuelto «tibia» y pragmática. Su salida de la UDI para fundar el Partido Republicano no fue una ruptura estratégica, sino una necesidad existencial de no contaminar su dogma con la negociación política. Kast se construyó a sí mismo no como un líder que escucha, sino como un líder que confirma.

Si acudimos a Platón, encontramos que la legitimidad del gobernante nace de la sofía (sabiduría). El filósofo griego exigía que quien ostenta el poder debe ser capaz de elevarse sobre las sombras de la caverna para comprender el Bien Común como una armonía de todas las partes de la polis. Kast, sin embargo, parece atrapado en una visión fragmentaria. Al priorizar una reducción impositiva que beneficia a la cúspide de la pirámide social, rompe la justicia distributiva platónica. No actúa como el guardián de la armonía, sino como el centinela de una facción. Su incapacidad para ver el Estado más allá de una estructura de orden punitivo delata que jamás ha comprendido que la verdadera justicia, para Platón, es que cada ciudadano reciba lo necesario para que el conjunto no colapse.

Esta desconexión con el tejido social se vuelve aún más crítica al enfrentarla al pensamiento de Jean-Jacques Rousseau. El ginebrino estableció que la soberanía reside en la Voluntad General, y que el contrato social es un pacto de reciprocidad: el ciudadano obedece a cambio de que el Estado garantice la igualdad y la protección social. El actual gobierno, obsesionado con desmantelar las bases del Estado Social en favor de un mercado sin contrapesos, está ejecutando una revocación unilateral de ese contrato. Para Rousseau, un gobernante que utiliza el poder para favorecer intereses particulares por sobre la voluntad colectiva pierde su legitimidad moral. Kast no busca renovar el pacto chileno; busca imponer un reglamento de copropiedad donde solo cuentan los accionistas. Es, en esencia, un gobernante «acontractual» que ignora que sin cohesión social, la autoridad es mera fuerza bruta.

Finalmente, el desarme intelectual de Kast se completa ante la luz de Baruch Spinoza. El autor del tratado político advirtió que el fin último del Estado no es dominar ni frenar a los hombres por el miedo, sino liberar a cada uno para que su mente y su cuerpo funcionen con seguridad. La formación de Kast, profundamente anclada en un dogma religioso y una moralina defensiva, es la antítesis del racionalismo spinoziano. Mientras Spinoza defendía que la paz es una «virtud que surge de la fortaleza de ánimo», el oficialismo actual parece creer que la paz es el silencio de los sometidos. Al carecer de una apertura intelectual hacia la pluralidad, Kast sustituye la razón de Estado por la fe del converso.

Sociológicamente, el Presidente es el resultado de una endogamia de ideas: un hombre que no ha necesitado leer a los clásicos porque cree tener todas las respuestas en un manual de tradiciones imperturbables. Chile no tiene hoy un Estadista, pues el Estadista construye puentes entre siglos y clases. Lo que tenemos es un doctrinario rígido que ha convertido el Palacio de Gobierno en una trinchera, olvidando que los muros que hoy lo protegen del disenso intelectual son los mismos que mañana le impedirán comprender por qué el país se le terminó escapando de las manos.

Juan Pablo Pezo Dalmazzo
Juan Pablo Pezo Dalmazzo

Sociólogo y Cientista Político, Licenciado en la universidad de Lyon 2, Maestría y Master en la Universidad de Panthéon, Sorbonne, Paris, Francia.